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Horno espacial

El panadero nunca se imaginó las herramientas del futuro. Estaba fascinado. Esperando ansiosamente la próxima semana para contarle a su esposa. Lo que más le impactaba era el horno. El mezclador no se quedaba atrás. Pero el horno era absolutamente precioso. Y no como aparato sino la danza mágica con la que flotaba su masa, palpitando y creciendo. Para él era muy bonito poder estar ahí dentro, ver todos los ángulos, flotar con lo que será un gran pan. Quitar el piso, homogeneizar temperatura de una manera perfecta y que el horno de una u otra forma no tenía paredes. El horno era un gran cuarto, o en realidad se definía su entorno con una serie de gestos. Ver operar al panadero era bonito. Y no era fácil. Una vez con su masa lista, él entraba al cuarto, flotando obviamente. Tenía que soltar su masa con mucho cuidado de tal forma que la masa permaneciera lo más esférica posible en un mismo sitio. Para esto él era hábil con las manos dándole un cierto momento angular para que ella girara. No mucho, tampoco poquito. Más poquito que mucho. Y sin tocarla mucho tenía que mantenerla hacia el centro del recinto. Una vez la masa estaba estable con un gesto activaba el modo de configuración para luego dibujar con sus dedos los ejes del cubo que hará las veces de horno. Era posible hacer un horno esférico y lo recomendaban, aunque este le costaba más trabajo y hoy no podía darse el lujo de fallar. Una vez definido este cubo cuadraba tiempos y temperaturas, y empezaba el gran baile. No había necesidad de precalentar, y mágicamente el pan se mantenía en el centro bailando, rotando y palpitando.
Era una bolita que poco a poco iba cambiando de color, oscureciendo y aumentando su tamaño. Los aromas llenaban la habitación mientras el panadero flotaba en una especie de meditación los 25 minutos que demoraba el proceso.