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Que no me digan el camino

Cada vez más encuentro a alguien que me dice cuál es la ruta.
Paso a paso, cuál es el camino.
Waze, google, algún growth hacker por ahí, startup expert, mentor, amigo,…, lo vivieron, escucharon, calcularon o leyeron. Saben cómo es.

Muchas veces las instrucciones están ahí para ayudarnos a optimizar tiempos, o ganancias ($),
en vez, tal vez,
de optimizar el fortalecer o el aprender.

El problema está en la defición de lo que es un mejor camino.
No preguntan qué queremos, asumen que es lo fácil, lo rápido, lucrativo.
¿Por qué no, bonito, colorido, largo, o lleno de obstáculos para jugar, sin carros y buen pavimento?

Cuando sigo instrucciones,
reduzco el chance de un error, por lo tanto de aprender o desarrollar una habilidad a partir de él,
o de innovar, de encontrar una nueva forma de hacerlo.
Ya está escrito, ya se resolvió,
ya no tiene gracia,
aburrido.
Necesitamos problemas, acertijos, juegos interesantes, para mantenernos vivos y fuertes.
Y resolver por nuestra cuenta,
obtener nuestras recompensas.

Seguir la instrucción no es divertido, no lo disfrutas, no estás concentrado en el problema,
te concentras en el destino, y no en el recorrido.
Y resulta que el destino es un punto, un instante, infinitesimalmente pequeño,
mientras el recorrido es la vida, infinita para adentro, infinita para afuera,
Eterna mientras estás ahí.

Busquemos caminos llenos de asombro, de cosas nuevas, de posibilidades, impredecibles.
Optimizemos desarrollar la fuerza, la creatividad, el aprendizaje.
Vivamos el camino.

No dejemos que nos digan por dónde coger,
qué hacer,
qué decir,
qué comer.

Más bien dame una pista, motívame a salir, déjame recorrer mi camino, déjame aprender.