A veces, llegamos a un punto donde ya no sabemos qué sigue,
o dónde eso que sigue está lejano,
agobiante,
complicado.
Nos entra la pereza.
Estamos cansados.
Nos preguntamos ¿por qué estoy haciendo esto?
Y hemos trabajado duro en este proyecto.
No vale la pena dejarlo tirado,
y no es claro dónde acaba.
Ponle un final mínimo viable.
Es una herramienta que genera alivio.
Te da foco,
acota el problema.
Y no es obligación parar ahí.
Sí por alguna razón quieres parar,
tienes algo que mostrar.
Los proyectos se deben acabar,
o evolucionar.
¿Cuándo están listos?
¿Cuándo están muertos?
¿Necesito un proyecto para gestionar mis proyectos?
¿Cuántos proyectos puedo manejar al tiempo?
A veces nos encariñamos,
a veces somos tercos y necesitamos acabar algo.
El problema muchas veces es que no sabemos cuándo acaba.
Somos nosotros los que definimos cuándo acaba algo.
Ponle a cada proyecto un criterio de cierre,
una fecha,
un hasta dónde.
Escríbele una lápida,
los aprendizajes.
Compártelo.
No tengas proyectos eternos.
Ten un cementerio de proyectos.
Un problema mueve algo.
Genera fuerza,
genera acción,
dirección,
genera el tiempo.
Es la diferencia entre mi estado y mi deseo.
Me saca de la zona de confort.
Las profesiones son problemas domesticados:
el médico necesita enfermedad,
el abogado, conflicto,
el ingeniero, fricción.
Y nos presentamos por los problemas que administramos.
Son nuestra identidad,
Resolver un problema deja a alguien sin oficio
y a otro sin identidad.
Que los problemas desaparezcan es una amenaza.
Necesitamos los problemas,
nos especializamos en ciertos tipos de problemas.
Los sistemas cuidan sus problemas.
Ahora, suponiendo que por arte de magia desaparecieran o "se arreglan solos",
¿quién somos?
