Durante el trasteo me encontré con el dilema de ordenar ahora o ordenar después. Ordenar ahora hace que el proceso de empacar sea más lento.
Porque implica decidir —para cada cosa— si quiero llevarla conmigo,
imaginármela armonizando en su nuevo sitio,
y lo más difícil de todo, el desapego.
Es más fácil empacar todo.
Claro que eso implica cargar más peso,
moverme más despacio,
tener que buscarle sitio a más cosas,
y tal vez cargar pesos innecesarios por un rato.
Hay cosas fáciles de dejar atrás.
Otras que no estoy listo para soltar.
Algunas merecen un buen hogar.
El nuevo espacio determinará qué cabe y qué no cabe,
qué se adapta y qué no se adapta.
También me dará tiempo para buscarle un sitio en el mundo a cada cosa.
Hay problemas que se mimetizan,
parecen estar afuera.
Un ejemplo es encontrar a alguien con mal aliento.
O que huele diferente.
Para mí puede ser desagradable,
para esa persona puede ser algo normal.
Aparece la bestia y yo creería que es su bestia.
Mirando con más cuidado, la raíz es mía.
A mí es a quien está afectando.
Es un problema inofensivo, de autocontrol.
Afecta mi estado de ánimo.
Sin embargo, es contagioso,
cualquier comentario y esta bestia salta como piojo a las cabezas cercanas.
En una sala pronto todos quedan contagiados.
Es un Annicia. Con el tiempo ya no estaré con esa persona.
Quedará tal vez un recuerdo.
Hay ciertos problemas simples que viven en nuestras rutinas.
Un escritorio desordenado, una basura en la calle.
Son cosas que nos molestan si les paramos bolas,
si las ignoramos, no existen.
Y que son muy fáciles de arreglar.
Pueden crecer si estamos estresados, alterados.
Y volverse algo grande, que tal vez alimenta otro tipo de criaturas.
No lavar la loza, puede no ser problema hasta que se vuelve una gran pelea marital,
o llegan cucarachas.
Son problemas que tienen el poder de invocar problemas grandes,
ruidosos y explosivos.
