Hay problemas que se mimetizan,
parecen estar afuera.
Un ejemplo es encontrar a alguien con mal aliento.
O que huele diferente.
Para mí puede ser desagradable,
para esa persona puede ser algo normal.
Aparece la bestia y yo creería que es su bestia.
Mirando con más cuidado, la raíz es mía.
A mí es a quien está afectando.
Es un problema inofensivo, de autocontrol.
Afecta mi estado de ánimo.
Sin embargo, es contagioso,
cualquier comentario y esta bestia salta como piojo a las cabezas cercanas.
En una sala pronto todos quedan contagiados.
Es un Annicia. Con el tiempo ya no estaré con esa persona.
Quedará tal vez un recuerdo.
Hay ciertos problemas simples que viven en nuestras rutinas.
Un escritorio desordenado, una basura en la calle.
Son cosas que nos molestan si les paramos bolas,
si las ignoramos, no existen.
Y que son muy fáciles de arreglar.
Pueden crecer si estamos estresados, alterados.
Y volverse algo grande, que tal vez alimenta otro tipo de criaturas.
No lavar la loza, puede no ser problema hasta que se vuelve una gran pelea marital,
o llegan cucarachas.
Son problemas que tienen el poder de invocar problemas grandes,
ruidosos y explosivos.
A veces, llegamos a un punto donde ya no sabemos qué sigue,
o dónde eso que sigue está lejano,
agobiante,
complicado.
Nos entra la pereza.
Estamos cansados.
Nos preguntamos ¿por qué estoy haciendo esto?
Y hemos trabajado duro en este proyecto.
No vale la pena dejarlo tirado,
y no es claro dónde acaba.
Ponle un final mínimo viable.
Es una herramienta que genera alivio.
Te da foco,
acota el problema.
Y no es obligación parar ahí.
Sí por alguna razón quieres parar,
tienes algo que mostrar.
