Pensamos el conocimiento como datos.
Como algo que se mide.
Se guarda.
Se ordena.
Pero el conocimiento viene.
Como viento.
Como canto.
Como la vibración de una piedra al sol.
El chamán no “lee” la naturaleza —
conversa con ella.
El agua recuerda.
Los cristales estabilizan.
Los pájaros llevan el mensaje.
Y el chamán escucha con todo su ser.
La pregunta moldea el mundo.
Y el mundo responde en sintonía.
Sin gritar, paciente,
esperando que le hablen bonito.
No busquemos respuestas.
Convoquémoslas.
Nuestra atención abre senderos.
Y esos senderos cruzan tiempo y espacio.
El chamán sintoniza.
Escucha.
Pensar no es decidir.
Es convocar.
Es abrir un espacio invisible
donde algo puede llegar.
Es llamar sin saber a quién.
Es sentarse en círculo con lo posible.
Es preparar el terreno
para que algo crezca.
Pensar no es concluir.
Es invocar la posibilidad.
Es hacerle campo al futuro,
a lo incierto,
a lo que todavía no ha tomado forma.
No se trata de pensar sobre el mundo,
sino de pensar con el mundo.
Pensar es tejer.
Conectar visible e invisible.
Hilar algo que aún no tiene cuerpo.
Pensar no es ordenar.
Es dejar que algo se ordene.
A veces pensar es quedarse quieto.
A veces es danzar adentro.
A veces,
pega mundos.
Une partes que no se tocaban.
Une tiempos que no se conocían.
Pensar es un arte invisible.
Y no todo pensamiento quiere ser acción.
Algunos solo quieren existir.
Estar ahí,
semillas
esperando su momento.

