Los nombres se dan al principio del juego.
Los títulos al final.
Los nombres son concretos.
Los títulos son abstractos.
Poner atención a un título es mirar en el pasado un juego que ya acabó.
Poner atención a un nombre es estar en el presente.
¿Quién eres? ¿Una serie de títulos o una persona con nombre propio?
El amanecer no es un instante.
Tiene duración indefinida.
La miden los colores.
O el momento en que se asomó.
Después de esconderse
sigue lo bonito.
Sigue la contemplación.
No se trata de verlo todo.
Se trata de estar ahí.
Presente.

En mi juego de la vida tengo camisetas. Las camisetas tienen misiones. Las misiones dan puntos. Tienen hitos. Los hitos dan regalos.
Hoy llevo puestas diecinueve. Diez esperan en el clóset. Otras las regalé.
Hay una de escritor. Una de movimiento. De curiosidad, de artista, de buen hijo, de amor, de productividad, de políglota, de skater. No son metas. Son identidades. Me las pongo. No todas a la vez, pero todas a la mano.
Cada día hago un check-in corto: qué misiones cumplí, cuántos puntos sumé, qué vi. Cada tanto, uno largo: qué camiseta abandoné, qué misión pide ajustar sus puntos, cuál falta.
Y hay un tercero. El tercero no mira el juego. Mira al que mira. Pregunta si estoy siendo honesto. Si mido bien cómo me observo. Porque cómo me observo cambia lo que veo. Lo que veo cambia lo que hago. Y lo que hago es la vida.



